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Comunidad > Llegar es entender

Las Chacras resiste: identidad huarpe, abandono estatal y presión minera

DIARIO HUARPE llegó hasta la comunidad de Las Chacras para conocer la lucha de un pueblo originario que defiende su territorio, sus raíces y su forma de vida frente al avance de proyectos mineros y la falta de respuestas del Estado.

15 de julio de 2025
Las Chacras es un ejemplo de cómo se puede vivir con dignidad, sin renunciar a la identidad ni a la tierra. Imágenes: Sergio Leiva / DIARIO HUARPE.

A 35 kilómetros tierra adentro de Marayes, siguiendo una huella de tierra que serpentea entre piedras y cerros, se llega a Las Chacras, una comunidad pequeña y ancestral que parece haber quedado suspendida en el tiempo, en el corazón de una quebrada ubicada al sur de las Sierras Pampeanas, en el departamento Caucete.

DIARIO HUARPE viajó hasta allí para conocer de cerca el sentir y la realidad de un pueblo que sobrevive y resiste. 

Las Chacras no es solo un lugar remoto: es un refugio cultural, natural y humano; una comunidad que ha aprendido a sostener su existencia con esfuerzo propio, en aislamiento y en profunda armonía con su entorno.

Los vecinos estiman que en el territorio, que abarca casi 600 hectáreas, residen actualmente 24 hombres, 20 mujeres y 20 niños. Sin embargo, por razones laborales, de salud u otras circunstancias, más de 60 personas que formaban parte de la comunidad han emigrado: 13 hombres, 19 mujeres y más de 30 niños.

La mayoría de los habitantes pertenece a una misma familia, con raíces huarpes. Viven rodeados de montañas, en un paisaje árido, pero de una belleza conmovedora. Lejos del cemento y del ruido urbano, preservan valores que en las ciudades parecen haberse debilitado: el respeto, la ayuda mutua, la palabra dada, la escucha y el trabajo colectivo.

El vallecito enclavado al Sur de las Sierras Pampeanas sanjuanina.

Raíces profundas: identidad, territorio y resistencia

La historia de Las Chacras no tiene una fecha de fundación precisa. Sin embargo, los relatos orales, las memorias familiares y los cementerios indígenas que rodean la comunidad revelan una continuidad ancestral. Bisabuelos nacidos en la zona, generaciones que crecieron allí, sin documentos ni títulos de propiedad, pero con una certeza profunda: este es su hogar.

Fue esa convicción la que llevó a sus habitantes a autorreconocerse como comunidad huarpe en 2016, impulsados por José Luis Marín, uno de sus referentes. A partir de ese momento comenzaron a vincularse con otras comunidades huarpes, a reconstruir su historia y a organizarse colectivamente. En 2022, el Instituto Nacional de Asuntos Indígenas (INAI) realizó el relevamiento territorial y, un año después, obtuvieron la personería jurídica como Comunidad Huarpe de Las Chacras. Fue un paso histórico que coronó años de lucha y reconocimiento.

“Hemos pasado por situaciones muy feas y difíciles porque, en esos años, había gente que quería ingresar al territorio y sacarnos, diciendo que eran los dueños. Esa lucha nos llevó a estar más unidos que nunca y más arraigados que antes al lugar”, contó a DIARIO HUARPE Élida Marín, una de las jóvenes que eligieron quedarse en la tierra que la vio nacer.

Pero ese reconocimiento también tuvo otra consecuencia: la visibilidad. Y con ella llegaron nuevas presiones y responsabilidades que la comunidad debió enfrentar, asumiendo el rol de protectora de su territorio, su entorno y sus raíces.

Caminar por sus callejones es un viaje al pasado y a la historia del pueblo.

"Aquí no queremos minería", el claro mensaje

Por la plataforma geológica donde está enclavada la localidad caucetera, Las Chacras se encuentra rodeada de proyectos mineros. Hacia el oeste, el norte y, principalmente, el este, empresas extractivas —avaladas por los gobiernos de turno que desde hace décadas promueven la minería como política de Estado— han buscado avanzar sobre sus sierras.

El más ambicioso de ellos es Santo Domingo, un mega proyecto de cobre y oro ubicado en las cercanías del cerro La Huerta, a unos 10 kilómetros de la comunidad, que contempla la exploración y eventual explotación de sierras y montañas dentro de un ecosistema considerado frágil. La comunidad rechaza de manera contundente esa posibilidad.

“No estamos en contra del desarrollo económico de la provincia”, aclaran sus habitantes. “Por el contrario, lo apoyamos, pero siempre y cuando no sea sacrificando nuestro pueblo y nuestro ecosistema. Acá no queremos un progreso así. No queremos que destruyan el equilibrio ambiental ni nuestra forma de vida. Esta zona es sagrada y no se puede tocar”.

La postura de la comunidad huarpe es clara: sostienen que la actividad minera pone en riesgo las vertientes de agua, la flora, la fauna y su propia permanencia como pueblo. Como referencia, mencionan la situación de localidades cercanas como Marayes y La Planta, donde, según expresan, observan las consecuencias del avance extractivo.

En esta defensa no están solos. La Asamblea Agua Pura para Valle Fértil y otras comunidades vecinas han conformado una red de resistencia territorial. Se realizan encuentros, intercambios, se comparten saberes y estrategias. Por ahora, la presión comunitaria logró frenar momentáneamente el avance del proyecto. Sin embargo, la preocupación continúa vigente y la comunidad advierte que la amenaza permanece.

Un oasis que los Estados eligen ignorar

Mientras enfrentan los intereses mineros, los pobladores de Las Chacras deben lidiar también con otro enemigo: el abandono estructural del Estado. En pleno siglo XXI, la comunidad continúa sin acceso cercano a servicios de salud pública y sin una conectividad garantizada.

“El camino de tierra está transitable, a medias”, relata Adela Teresa Andrada, nacida y criada en Las Chacras. “Pero sin mantenimiento o en época de lluvias se vuelve intransitable”. Luego agrega: “Si alguien se enferma, lo tenemos que bajar nosotros como podemos hasta Marayes, porque si el camino está feo, la ambulancia no entra”.

Adela cuenta que los profesionales de la salud pública llegan al lugar, con suerte, una vez al año. Tampoco existe una sala de primeros auxilios, pese a que en la comunidad hay estructuras edilicias abandonadas que podrían ser refaccionadas para ese fin.

“Acá nos mejoramos con los yuyos nomás”, dice Adela entre risas. Y agrega con ironía: “Somos todos medio médicos y enfermeros, ¿vio?”.

El abandono no es nuevo. En la memoria de la comunidad todavía duelen las muertes de seres queridos que partieron sin recibir asistencia médica, y por momentos sus habitantes sienten que ese olvido no es casual.

“La mayoría pensamos que nos quieren borrar del mapa, que nos quieren ir empujando para que nos vayamos y quedarse con la tierra”, denuncian.

Para los pobladores, esa ausencia sostenida de respuestas también representa una forma de presión sobre un territorio que defienden desde hace generaciones. La sensación que atraviesa a la comunidad es que el abandono no solo afecta su presente, sino también la posibilidad de permanecer en el lugar que consideran su hogar.

Las comunicaciones con el mundo, hasta hace muy poco eran imposibles. El acceso a internet se logró gracias a una gestión comunitaria con un proveedor privado, incluso para la escuela pública, que carecía de este servicio. "Ahora, por lo menos, si tenemos alguna urgencia, podemos mandar un mensaje por WhatsApp", manifestó Carla Martínez, otra de las jóvenes que decidió volver a Las Chacras para vivir. 

Más porteros y ciclo orientado para la escuela

Si bien las instalaciones de la escuela Rómulo Giuffra se encuentran en buen estado y el servicio educativo está garantizado, persisten necesidades importantes para la comunidad.

En diálogo con DIARIO HUARPE, la directora del establecimiento, Ana María Benegas, señaló que desde hace varios años solicitan al Ministerio de Educación la incorporación de tres porteros más, dos de ellos hombres, debido a que muchas de las tareas requieren esfuerzo físico, como cortar leña, cargar garrafas y realizar trabajos de mantenimiento.

Benegas también destacó la necesidad de crear el ciclo orientado para que los adolescentes de la comunidad puedan completar la educación secundaria. Explicó que factores como el desarraigo, la falta de recursos económicos de las familias y otras dificultades hacen que muchos jóvenes no puedan continuar sus estudios fuera de Las Chacras.

“Hemos planteado al Ministerio que, al menos, nos den la posibilidad de implementar un sistema virtual, con tutores, para que los chicos puedan terminar el secundario con alguna orientación”, expresó la directora.

Por último, Benegas resaltó la inteligencia, sensibilidad, inocencia y pureza de sus alumnos, y remarcó que, por esas cualidades, merecen la oportunidad de continuar estudiando en el lugar donde nacieron y eligieron vivir.

Tierra viva, pueblo vivo

Las Chacras no es solo un punto en el mapa. Es un pueblo con alma, con historia, con presente y con sueños. Allí, las niñas y los niños juegan en las calles, respetan a sus mayores, aprenden de la tierra y de la palabra transmitida por generaciones. No hay semáforos ni redes sociales que marquen el ritmo cotidiano. Hay silencio, estrellas, viento y una profunda capacidad de resistencia.

“Si no fuera por nosotros, este pueblo ya no existiría”, dice con firmeza Sara Elizondo, quien desde hace más de 40 años vive allí junto a Jorge Andrada, su compañero, nacido y criado en la comunidad.

“Nosotros gestionamos la luz, que llegó recién en 2016; gestionamos el internet; mantenemos el camino; nos cuidamos entre nosotros. Pero sabemos que necesitamos más presencia del Estado”.

Una voz clara desde la quebrada

La comunidad de Las Chacras no pide caridad. Pide respeto, reconocimiento y el acceso a derechos básicos. Pide que su voz sea escuchada, que sus sierras no sean desmontadas ni perforadas y que sus tierras ancestrales no sean entregadas a cambio de promesas que no contemplen su identidad ni su forma de vida.

Pide agua limpia y segura, salud, educación y caminos. Pide la posibilidad de seguir viviendo como eligió hacerlo: conservando sus costumbres, sus tiempos y su vínculo profundo con la naturaleza. Pide, en definitiva, vivir en paz y en armonía con el territorio que sus generaciones han habitado.

Ellos saben bien lo que es "vivir en el paisaje".

Las Chacras es mucho más que un caserío entre cerros. Es una comunidad que demuestra cómo es posible sostener una forma de vida con dignidad, sin renunciar a la identidad ni al vínculo profundo con la tierra. Es un símbolo vivo de una resistencia silenciosa y, al mismo tiempo, una interpelación para quienes entienden el progreso únicamente desde la extracción de oro, plata, cobre, litio u otros minerales.

Desde esta quebrada desértica del sureste sanjuanino, una comunidad originaria continúa levantando su voz y diciendo: “acá estamos”. Y después de recorrer su territorio, escuchar sus historias y conocer sus reclamos, queda claro que su determinación permanece intacta.

 

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