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La historia de "Supermatch", un clásico del verano argentino
Concebido como un simple relleno de verano para Telefe, el programa transformó viejas cintas australianas a través de un titánico trabajo de edición y un doblaje lleno de improvisación. Su legado perdura como un caso de estudio en creatividad televisiva.
POR REDACCIÓN
El origen de Supermatch, uno de los fenómenos más duraderos de la televisión argentina, fue una necesidad operativa y no una idea creativa preconcebida. A principios de los años 90, el canal Telefe necesitaba contenido de bajo costo para cubrir su programación estival. Lo que surgió de ese encargo no fue solo un programa de relleno, sino un ícono cultural. Con material de archivo australiano y una enorme dosis de ingenio local, Supermatch logró lo impensable: transformar viejas grabaciones en un éxito que cautivó a varias generaciones y se mantuvo al aire por casi dos décadas, definiendo los veranos de millones de argentinos.
El modesto encargo que dio origen a un éxito inesperado
La génesis de Supermatch se sitúa en un contexto puramente práctico. Gustavo Yankelevich, entonces gerente de programación de Telefe, le encargó a la productora Marcela Duarte crear un programa juvenil para los meses de verano, con un presupuesto muy limitado. La solución no se encontró en un nuevo set o en celebridades, sino en un archivo olvidado. Duarte adquirió las cintas de "It's a Knockout", un programa de juegos australiano de los años 80 donde equipos competían en desafíos físicos y absurdos con disfraces extravagantes.
El material en bruto, sin embargo, distaba de ser atractivo. Las imágenes mostraban participantes y presentadores australianos en un contexto ajeno. El salto creativo fue no emitir el contenido tal cual, sino reinventarlo completamente para el público local. Este proceso, descrito por el propio equipo como "artesanal" y "casi una locura", fue el núcleo del milagro de Supermatch.
El proceso creativo: donde la edición y la voz lo eran todo
La transformación del archivo australiano en Supermatch fue un trabajo monumental de posproducción. El equipo, liderado por Duarte, editó las cintas para darles un ritmo frenético, añadiendo gráficos coloridos, flechas indicadoras, tablas de posiciones y efectos de sonido que no existían en el original. La música también fue clave: se eligió una versión remixada de "YMCA" de Village People, adaptando su coro para que sonara como "Su-per-match", creando una cortina musical inolvidable.
Pero el alma del programa nació en la cabina de doblaje. Allí, sin guion previo, la dupla de Juan Carlos "Pichuqui" Mendizábal (con su tono de relator deportivo serio) y Ronnie Arias (maestro de la improvisación y creador del personaje "Peter") comentaba las imágenes por primera vez. Arias describía estas sesiones como "comedy impro", donde él y Mendizábal se sentaban simplemente "a delirar". A esta dupla se sumaban otras voces, como las de Victoria Sus y Alejandro Korol, y hasta un grupo de "reidores" contratados para generar un ambiente de genuina diversión.
La fórmula ganadora: color, caos y complicidad
En pantalla, el resultado era una mezcla irresistible. Cuatro equipos (rojo, azul, amarillo y verde) competían en juegos visualmente espectaculares, como carreras con muñecos gigantes o caídas en enormes piletas de espuma. La narración, lejos de ser neutral, era parte fundamental del entretenimiento: la seriedad impostada de Mendizábal chocaba constantemente con los comentarios absurdos y el humor de Arias, generando una química única que el público adoptó de inmediato.
Esta fórmula sencilla pero efectiva conectó de manera masiva, especialmente con el público infantil y adolescente. Supermatch, pensado para un solo verano, tuvo una repercusión tal que Telefe decidió repetirlo año tras año, e incluso extenderlo a otras temporadas. El programa se convirtió en una cita ineludible de las vacaciones, un símbolo de días libres, calor y diversión familiar.
El ocaso por una razón técnica y un legado perdurable
El éxito, paradójicamente, contenía la semilla de su límite. La audiencia demandaba constantemente nuevos capítulos, pero solo existían tres temporadas del material original australiano. El equipo de producción recurrió al ingenio extremo: recicló, reeditó y reordenó las mismas imágenes una y otra vez para crear la ilusión de novedad, un testimonio de la creatividad que lo había originado.
Su final no llegó por falta de rating, sino por un cambio tecnológico. Con la llegada de la televisión digital y la alta definición, las viejas cintas de video análogas que contenían el archivo australiano no pudieron ser remasterizadas a una calidad aceptable para los nuevos estándares. En 2011, después de casi 20 años en el aire, Supermatch se emitió por última vez, cerrando un ciclo pero asegurando su estatus de leyenda.
Hoy, Supermatch es recordado como un caso único de ingenio televisivo, una demostración de cómo la limitación puede ser la madre de la creatividad. Su legado perdura no solo en la nostalgia, sino como un referente de un tipo de entretenimiento que, con pocos recursos pero mucha inventiva, logró crear un universo propio y ganarse un lugar irremplazable en la memoria colectiva del verano argentino.