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Sadfishing: cuando la tristeza se vuelve contenido en redes sociales
Compartir momentos de angustia en redes sociales se consolidó como una forma de buscar apoyo, empatía e interacción, especialmente entre jóvenes e influencers.
POR REDACCIÓN
Las redes sociales transformaron de manera profunda la forma en que las personas expresan sus emociones y atraviesan situaciones difíciles. Lo que antes quedaba reservado al ámbito íntimo o a los vínculos cercanos, hoy se expone públicamente en plataformas digitales, donde la vulnerabilidad se convierte en contenido visible y compartido.
En ese escenario surge el sadfishing, una tendencia que consiste en mostrar el sufrimiento personal en redes sociales con el objetivo de generar reacciones, apoyo emocional o validación por parte de otros usuarios. La práctica se volvió cada vez más frecuente entre adolescentes, celebridades e influencers, y se observa con fuerza en plataformas como TikTok e Instagram.
Según un análisis difundido por The Conversation junto a la Universidad Europea, el término combina las palabras inglesas sad (triste) y fishing (pescar), en alusión a quienes utilizan la tristeza como un “anzuelo” para captar atención emocional en el entorno digital. No se trata solo de expresar sentimientos, sino de buscar una respuesta directa del público a través de comentarios, mensajes y reacciones.
Videos de jóvenes llorando frente a la cámara, publicaciones tras rupturas sentimentales o relatos sobre problemas de salud mental forman parte de una dinámica cada vez más habitual. Las interacciones positivas refuerzan este comportamiento y alimentan un circuito en el que la exposición emocional se sostiene por la respuesta inmediata de la audiencia.
Desde una perspectiva psicológica, especialistas señalan que el sadfishing se vincula con la necesidad de validación y pertenencia. Cuando la autoestima depende de la reacción de los demás, la fragilidad expuesta públicamente puede convertirse en una forma de sentirse aceptado y acompañado. En algunos casos, esta práctica funciona como un sostén emocional; en otros, se relaciona con dificultades en la regulación emocional y estilos de apego ansioso.
El fenómeno también abre un debate sobre la autenticidad en redes sociales. Distinguir entre una expresión genuina del malestar y una dramatización resulta complejo. El contexto, la repetición y la intensidad de las publicaciones suelen ser claves para identificar si se trata de un desahogo puntual o de una búsqueda constante de atención.
La exposición del sufrimiento no está exenta de riesgos. Junto al apoyo, pueden aparecer críticas, burlas o acoso digital. Además, la dependencia de la validación social puede debilitar la capacidad de gestionar las emociones de manera autónoma y generar un ciclo adictivo de búsqueda de respuestas, sostenido por la lógica de las recompensas intermitentes.
Especialistas advierten que, en el caso de adolescentes, el sadfishing puede trivializar problemáticas de salud mental y convertir la vulnerabilidad en un espectáculo. Por ese motivo, recomiendan fortalecer la alfabetización emocional y promover espacios de contención fuera del ámbito digital, para que la expresión del malestar sea una elección consciente y no una respuesta impulsiva.
En un ecosistema digital donde la visibilidad es central, el sadfishing refleja cómo las emociones también forman parte del contenido que circula en redes. Detrás de cada publicación, persiste la búsqueda de comprensión, contacto y reconocimiento en un entorno cada vez más expuesto.